Tengo centenares de ideas que pululan por mi cabeza. Montones más de anotaciones, frases, versos, pasajes, descripciones de escenas y personajes, narraciones orales transcritas (por darle un nombre a todas las ideas anotadas donde me explico la historia que quiero hacer como si ya la tuviera lista y le dijera a alguien más de qué va). Tengo una montaña entera de narraciones incompletas. Palabras cercenadas, gestadas a medias y luego abandonadas al frío del olvido. La desgracia es mayor porque el olvido no logra tragárselas completas. Será que no mueren del todo, que una parte de ellas se ha adherido a mí y las cargo por todas partes, a medio morir.
Una chispa sería necesaria para revivir y dar carne propia a estas historias. ¿Pero de dónde la saco si solo puedo acumular bloques de texto que proponen su propia página? ¿Cómo logro hilar dos ideas que surgieron en circunstancias diferentes, con ánimos dispares? Unas hechas de sol, prisas y resguardadas en una servilleta y las otra fermentadas en el lento proceso de quedarse dormido mientras le destilo verbos al ventilador de techo.
Escribo que no escribo. Me justifico y ensayo (juego del intento del que nunca se escapa porque la voluntad está extraviada) en esta clase de textos lo que debería ser la vértebra, los huesos, la sangre caliente que esté presente en esos brotes abandonados. En las historias que me cuento que cuento pero no escribo. ¿Qué clase de bloqueo es este? ¿Por qué me gobierna?

Tratar la cuestión desde su génesis siempre me lleva adonde mismo: sacar ramas y ramas del pensamiento. A crearle ámbitos, jerarquías, consecuencias y obtener siempre los mismos frutos. La idea de la disciplina, la rutina, el quitar a la perfección como meta principal. Un texto terminado no es lo mismo que uno escrito. ¿Pero qué será entonces lo que me atraviesa el alma y me hace vivir el espacio de esa distancia?
Soy un centro partido. Siento como si de cada brazo me tiraran hacia un lado y otro. Solo la incompletitud salvan a mi mente de caer en juicios y debates interminables sobre qué hacer después. Igual a una guarida, se abre la posibilidad de la indecisión y ahí me quedo. Tibio, húmedo y sin acabar de secarme nunca. Tiritando, con un ruego que grita en las paredes de esta caverna solitaria. Que todo acabe. Ya no tiene caso escribir si lo que sale no es la palabra precisa. Pero siempre llega otra voz, más serena, desde la lejanía, atravesando con una ráfaga de esperanza, de luz. Aparece la invocación que me da la fuerza para sostenerme: esto que siento es igual a lo que hace José García durante toda la novela de El Libro Vacío de Josefina Vicens.

El gran rumor, un mandato de la voz íntima que todavía no madura y no comprende que el rugido es un eco más de otros tantos. De todos los otros también viven este falso declive, este compromiso que soñamos completo y vivimos a medias. Atravesados por la mortalidad, las distracciones y por el estúpido anhelo de un reconocimiento mayor.
¿Para qué y por qué? ¿No nos hemos repetido miles de veces que debemos imaginar a Sísifo feliz cargando una y otra vez su piedra?
La culminación de un texto es la piedra que vuelve a rodar cuesta abajo. Ya no le caben más palabras, muy posiblemente le sobren varias. Hay que dejarlo. Bajar por la piedra y rodar otro texto hasta la cima, con el mismo trabajo y la misma aspiración: que se vaya creando y cuando esté listo, abandonarlo hasta que la piedra regrese a la meseta, llamándonos a rodarla una y otra y otra vez.
Esta sola piedra para nosotros es la misma piedra para todos los demás. Misma labor y el mismo empuje que lleva las palabras que deseamos. No existe tal cosa como “el gran rumor” en el acto de la creación, en este proceso de ir quitándonos partes del alma para ir enlazándolas con lo que el mundo nos ofrece. Mezclar el mundo interior, gran parte de lo que hemos absorbido, con las circunstancias vividas, con la idea que llega de pronto. Como mezclar ambos aires. Este aliento impreciso y esa ráfaga de sucesos. En el choque de ambas, nuestras palabras y las del mundo, se crea el eco. El escape de la voz íntima que como una campana anuncia la mañana. El ruido se extiende más allá de nosotros. Baña el alba de naranja para transformar el aliento en ráfaga y empezar el proceso nuevamente. Otra voz se suma y ahora ellos son nuestro eco. Eco y multiplicación de las voces que van conversando. El canto de las campanas y de pronto todo el aire es música. El gran rumor. La suma de todos.

Regreso invariablemente a Josefina Vicens cuando escribo sobre escribir. Quizá sea yo también un personaje de alguna novela que fue escrita, una versión moderna de El Libro Vacío. O simplemente se trate de un ejercicio autoindulgente que justifique la sequía de otra clase de escritos. Cuentos y novelas. Ya ha sido suficiente flujo de consciencia.
“Esa luz, ¡qué fastidio! En fin, voy a acostarme y a seguir pensando.Tengo que encontrar esa primera frase. Tengo que encontrarla”. José García al final del cuaderno número 1.
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